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El perdón

Artículo publicado en sección Opinión de Heraldo de Aragón en Octubre de 2021

Javier llegó a la primera sesión de mediación penal en la Asociación ¿hablamos? con ganas de terminar con aquello que se había iniciado una noche de sábado, en un bar, al golpear con un vaso roto a Pedro. Desde el primer momento Javier dejó claro que él no era un delincuente, que todo se debió al alcohol y que quería pedirle perdón a Pedro. Pedro, por su parte, aceptó tener un encuentro dialogado con Javier, con la única intención de volverle a mirar a los ojos y mostrarle su mayor desprecio, pero, aseguró, no iba a decirle nada, porque él no hablaba con alimañas.

El encuentro dialogado se produjo, y fuera de todo lo previsto Pedro se arrancó expresando todo el dolor que Javier le había causado: “cada mañana cuando me levanto, me miro al espejo, y al ver esta cicatriz en la comisura del labio, me acuerdo de ti, y siento una rabia profunda, porque te has quedado pegado a mi vida, y no podré despegarte nunca”. Javier se quedó helado, paralizado, todo cuanto había preparado se cayó como un castillo de naipes…y dijo “Pedro, yo venía aquí para pedirte perdón, pero ahora que te escucho, y me doy cuenta de todo el dolor que te he causado, no puedo hacerlo, no lo merezco”.

Para pedir perdón es necesario conocer el daño causado, no desde tu mirada, sino desde la mirada de la víctima. Expresar la palabra perdón, es fácil. Lo difícil es expresarla cuando esa palabra está llena del dolor de la víctima. Para poder pedir perdón es necesario acercarte a ella, sentir siquiera mínimamente el dolor que le has causado. Sólo entonces te das cuenta que, donde tú ponías una agresión física, hay un dolor humano. Y como en el caso de Javier, cuando te inundas de ese dolor, puedes incluso renunciar a tu deseo de pedir perdón, porque ese dolor ya es tuyo.

Tengo para mí una regla: a mayor lenguaje calculado en la petición de perdón, menor es el roce producido con la víctima, y menor es la verdad de ese perdón, porque le falta la inundación del dolor infringido a la víctima. Y tengo igualmente para mí, que el perdón está sobrevalorado. Pronunciar esa palabra puede ser liberador para el infractor, pero no siempre lo es para la víctima. La víctima no necesita el perdón. La víctima necesita soltar el vínculo con esa historia que le rompió la vida. Hay muchas víctimas que se quedan atrapadas en el dolor infringido en el momento del delito. A partir de entonces todo gira en torno a ese dolor. Pero para soltar ese vínculo son necesarias tres cosas: justicia, reparación, y acompañamiento. Justicia, para que la víctima sepa que el sistema que entre todos nos hemos dado ha sido capaz de dar respuesta, y no se sienta desasistida por la sociedad que debe sostenerle. Reparación, que no es compensación, sino escucha, de su dolor, del daño efectivamente causado en ella, en su familia, en su vida,… escucha que permite que el infractor sienta también su propio dolor, de otro tipo, el dolor de quien ha infringido daño. Acompañamiento, porque la vida de la víctima, más allá de que se cierre un proceso restaurativo con el infractor, precisa de sanar la herida que en ella se ha producido, y no sólo eso, sino crear una nueva vida, que acepte e integre en su existencia el doloroso acontecimiento que todo delito supone.

Desconfíen pues de quien solemnemente proclama su petición de perdón, sin haberse acercado a sus víctimas, sin haberlas escuchado, sin haberlas rozado. Desconfíen de quien no se emociona en la petición del perdón, porque calcula sus palabras, convenientemente elegidas, para caminar en la equidistancia. Desconfíen de quien pide perdón y no se le quiebra la voz ante su víctima, porque eso implicará que todavía no ha recorrido el difícil camino entre lo que él cree que es el daño infringido, y el mundo de dolor que él ha provocado en la víctima. Y desconfíen de quien pide perdón, obviando la necesidad de hacerse corresponsable de la justicia, la reparación y el acompañamiento. Porque, no lo olviden, la palabra perdón tiene seis letras, y se pronuncia fácil y rápidamente, pero eso, a veces, sólo libera al infractor, no a la víctima.

Carlos Piñeyroa Sierra

Director de Conversaciones e Innovación abierta en Grupo Init. Miembro de la Asociación ¿hablamos? asociación para la mediación penal, penitenciaria y gestión de la convivencia en Aragón.

Publicado el 2/11/21    // Temas: Sin categoría

Las últimas veces

Artículo publicado en Heraldo de Aragón, sección Opinión, en Septiembre 2021

De repente una llamada, y todo termina. De repente se apaga la vida, y con ella la palabra oquedad retiñe inaugurando la ausencia.

Desde hace muchos años, con poco éxito por mi parte, les digo a mis sobrinos y a los hijos de mis amigos, que la palabra “siempre” es una falacia. Que su juventud deslumbra, y que, salvo raras ocasiones, aún no han descubierto que, lo que creemos “es para siempre”, en realidad es para un tiempo determinado… el tiempo de la vida. Que aún no saben que ese momento pospuesto, ese, para más tarde, no tendrá en la palabra “siempre” su encuentro, porque en su mentira, la palabra “siempre” es finita.

Y si eso es cierto para cualquiera de nosotros, lo es más para las personas mayores que nos acompañan. Desde el fallecimiento de mi padre hace ya dieciocho años, tuve la suerte de provocar encuentros, comidas, con su hermano, mi padrino Carlos, con quien compartí la intrahistoria de una familia, la nuestra, que durante muchos años no tuvo las cosas fáciles, y de las que mi padre, por una u otra razón, decidió hablarnos poco. Cada momento, cada palabra era recibida por mí con el asombro de un niño, y, cada vez más, mi voracidad curiosa provocaba que los encuentros y las llamadas fueran más continuos. La rutina de esos encuentros siempre iban salpicados de notas en mi agenda de las que luego tiraba para investigar mi pasado, el de mi familia, el de mi apellido….

Pero conforme pasaban los años, cada vez que él me acompañaba a la estación para despedirme, o cuando colgaba el teléfono, una sensación intensa me inundaba, y no era otra que la pregunta dolorosa de si aquella sería la última vez que lo vería o hablaría con él. Mi cabeza y corazón quería postergar lo que era inevitable.

Las últimas veces no llegan, sólo se recuerdan. La vida no nos avisa: “esta será la última vez que…”, sino que las últimas veces forman parte de ese acervo que parece estar esperándonos cuando la oquedad de la ausencia nos inunda, como si fuera un bálsamo que intenta paliar el doloroso momento. Por eso, quizás, uno de los aprendizajes que hoy puedo compartir es vivir como si fuera la última vez, no para intensificar lo que vives, sino para tomar consciencia de la finitud de lo que disfrutamos, y que lo que tenemos entre las manos es tan vida, tan celebrativo,….que cada palabra, cada conversación, cada gesto, implica tanto, que no deberíamos esperar a las últimas veces para comprobar cuánto podemos llegar a perder.

Las últimas veces no avisan, y en nuestra ingenuidad pensamos que la palabra “siempre” nos protegerá de esas últimas veces, pero llegan, claro que llegan. Y lo hacen en términos del pasado. Convertirlas en futuro es nuestra responsabilidad. Hacerlo implica reconocer el valor precioso de quienes nos acompañan a cada instante, y al menos, llevarnos el aprendizaje de que cuantas más últimas veces sean postergadas, más grande será el bálsamo del recuerdo, y más alimentará nuestro presente, de consciencia amorosa hacia quienes forman parte de nuestro alrededor. Eso es lo que me llevo de mi padrino Carlos, eso es lo que atenúa el dolor, las, ahora sí, eternas últimas veces.

Carlos Piñeyroa Sierra

Director de Conversaciones e innovación abierta en Grupo Init. Consultor de Innovación en dirección de personas

Publicado el 24/09/21    // Temas: Sin categoría

“Ridiculous English”

Artículo publicado en Heraldo de Aragón Sección Opinión en Agosto 2021

“Vamos a preparar el schedule para la meeting del lunes, queremos trabajar sobre el potencial match entre la real customer experience y el discovery realizado por nuestros partners”. No, no me lo he inventado, es real, en un correo electrónico recibido en mi trabajo….

Mi amiga Luz, desde hace muchos años, nos advierte en todas las cenas y comidas de amigos, que el uso imprudente que hacemos del inglés en medio de nuestras conversaciones informales, introduciendo palabras inglesas que tienen sus análogas en español, nos pasará factura como sociedad.

El tema no es baladí. Cualquiera que grabe una conversación en el trabajo, e incluso en la informalidad de una cena, advertirá, ya sin sonrojo, que una parte importante de nuestras expresiones son directamente inglesas: funnel, corporate, wellness, warnings, naming,….y así hasta el infinito. Pero si pudiera parecer que esto es una tontería de la informalidad de nuestras relaciones, o que son únicamente los más jóvenes los que caen en las garras del inglés, permítanme sacarles del error. Un informe sobre diversidad lingüística en la ciencia en España, Portugal y América Latina, elaborado por la Organización de Estados Iberoamericanos en colaboración con el Instituto Elcano, señala que, como mínimo, ocho de cada diez investigadores iberoamericanos escriben en el idioma anglosajón en detrimento de sus lenguas maternas, así como que el 95% del total de los artículos publicados en revistas científicas en 2020 estaba escrito en inglés, y sólo el 1% en español o en portugués.

En estos tiempos en los que la palabra libertad está tan de moda, no seré yo el que le diga a nadie las palabras que debe usar, pero sí que advierto de determinados esnobismos, que subyacen en este uso indiscriminado del inglés. El primero de ellos es usar palabras inglesas cuando existen palabras en español para reflejar la misma realidad. El segundo, y que cabalga sobre el primero, es usar permanentemente palabras en inglés cuando eres incapaz de tener una conversación medianamente fluida en el idioma de Shakespeare. El tercero, y créanme que es real porque a mí me ha ocurrido en el entorno del trabajo, es usar de forma exclusiva el inglés en reuniones en las que participan únicamente hispanohablantes.

Y es que en este esnobismo del uso del inglés, algo tiene que ver un cierto imaginario colectivo basado en que el inglés es el idioma de los negocios, y el español el idioma de los pobres. Y algo de razón no falta dada la ausencia de intervención pública al respecto en nuestro país. En 1994 Francia publica la ley Toubon para la protección del francés frente a, la ya por entonces, invasión del inglés en el trabajo y en las relaciones comerciales. Y el partido En Marche de Macron ya ha cuestionado en la Unión Europea la oficialidad del inglés tras el Brexit, apelando al uso de los idiomas nacionales de la Unión. El español es la segunda lengua nativa en el mundo sólo después del chino mandarín, y la cuarta lengua hablada por nativos y no nativos, sólo después del inglés, el chino, y el hindi. Y no pretendo con estas cifras mostrar músculo, sino simplemente estar orgullosos de un patrimonio, que como tal, debería tener por nuestra parte, y nuestras autoridades y empresas, un mayor celo y uso correcto.

Como me dijo hace unas semanas mi amiga Susana, de la Asociación ¿hablamos?, tras la asistencia a una formación impartida sobre financiación de impacto, “el lenguaje construye realidad, y estaría bien, que en las conversaciones que tuviéramos, las palabras utilizadas, fueran entendibles por todos, para mejor comprender y valorar aquello de lo que estamos hablando”. Pues eso, si el lenguaje nos ayuda a dar profundidad y realidad a lo que decimos, y nos permite llegar hasta lo más profundo de quienes somos, usemos para ello, no una lengua cuya etimología desconocemos, sino aquella que, de manera consciente e inconsciente, provoca en nosotros esa comprensión profunda de toda la realidad que ocultan las palabras. Las bellas palabras… en español, claro.

Carlos Piñeyroa Sierra. Director de Conversaciones e Innovación abierta en Grupo Init. Consultor en Innovación en Personas.

Publicado el 18/08/21    // Temas: Sin categoría

Como cuando…

Artículo publicado en el blog de Open Value Foundation fundación responsable de la Cohorte Acumen Fellow 2021

Como cuando volvías de campamento y sabías que algo maravilloso había ocurrido y que nunca jamás se volvería a repetir….como cuando las cenas se alargan con conversaciones entrañables con amigos de toda la vida….como cuando pasaba una semana en silencio en la comunidad ecuménica de Taizé, donde como decía el hermano John, “una manzana, sabe a una manzana”…, como cuando te sientes abrazado por tu madre, y sientes la seguridad y la ternura de quien sabes te quiere incondicionalmente…

Así, infinitamente así, me sentí yo, después de haber vivido el segundo seminario inmersivo de mi cohorte Acumen Fellow 2021….

Cómo lo hacen, ahora el “como” con acento, no lo sé…bueno, sí sé algunas cosas de ese cómo…, algo creo que he aprendido de la receta…algunas cosas ya estaban en mí y otras me las he traído a tierras mañas, para compartirlas con amor y con ternura con mi gente de ¿hablamos?…

Cómo lo hacen…dejadme que os cuente algunas certezas de esos ingredientes…con paciencia, por parte de Ignacio, de Álvaro y Paula, con paciencia y con mucho cariño, como quien moldea el barro, con esa sonrisa entre cómplice de quien se sabe en el proceso mágico de creación,…con confianza, en todas y cada una de las veinticinco personas que formamos esta cohorte, y con confianza en cada uno de los pasos que poco a poco hemos ido dando,….con afán de superación, con apoyo mutuo, porque no todos/as avanzamos al mismo ritmo, pero todos supieron esperar, todos acogieron y recogieron y todos encontramos el ritmo justo para seguir, teniendo audacia y al tiempo cohesión,….con cariño, con amor, con dejar que cada uno encuentre su voz, y quererla, y comprenderla, aunque sea para reconocer que en esa diversidad está la esencia de este precioso patchwork que nos abriga y da calor,….con el sentido de fiesta, de celebración, de saber que cada instante es un momento de vida con mayúsculas que la Vida nos da, con abrazos desde el momento en el que nuestros cuerpos, después de muchas semanas, se pudieron abrazar, tocar, sentir, porque sobre todo era necesaria la corporeidad, el abrazo, el roce…. con los picos y los valles, porque para que haya picos son necesarios los valles, con la normalidad de reconocernos vulnerables, con noticias preciosas sobre nuevas rutas, nuevas vidas, nuevos destinos,…que luego tornan en lo cotidiano, pero que abrazados, se sostienen, nos sostienen….con la sensación de que esto importa, que no sabes muy bien el cómo, pero esto importa, a ti, como persona, a nosotros/as como cohorte, a ellos/as como sociedad, a ti como amigo/a, a nosotros/as como ciudadanos/as, a ellos/as como compañeros/as de camino, a ti como parte ya de mi familia, a nosotros/as como parte de esta Humanidad, a ellos/as como prójimos, a ti….

Cómo será el futuro….de nuevo, con acento, para remarcar la intensidad del momento,….pues, no lo sabemos,… pero confiamos….confiamos en que como poco sea como el presente continuo que vivimos cada domingo, como el cariño que recibimos a cada instante, como el aprendizaje de tantas herramientas que hacemos nuestras y que nuestras asociaciones hacen suyas, como el amor que sentimos con cada llamada, con cada whatsapp, con cada mensaje de apoyo, de ¡vamos! hoy que empiezas tu nuevo proyecto, de vamos, que la vida continua y estamos aquí para sostenerte, sostenernos, sostenerlos, como el avance que sentimos en nuestros proyectos locales, y que reconocemos en camino, como la responsabilidad que sentimos de no quedarnos todo este amor y aprendizaje entre las telas de este patchwok, sino compartirlo y difundirlo porque el amor y el conocimiento es lo único que compartiéndose se multiplica…..

Es por las grietas por donde entra la luz, es por nuestra vulnerabilidad declarada y expuesta, que la luz está entrando en esta cohorte. Somos vasijas de barro, para que se aprecie que esta luz que llevamos dentro, no nos pertenece, es luz que nos ha sido dada y que debemos dar. Como cuando estás en brazos de tu madre, así nos sentimos, confiados, seguros, alegres, rodeados de ternura, y con la certeza de que el camino de aprendizaje emprendido nos llevará a ser mejores. Tú, nosotros/as, ellos/as. Como cuando…ponle tú el acento.

Carlos Piñeyroa Sierra. Acumen Fellow Cohorte 2021. Becerril de la Sierra. Junio 2021

Publicado el 9/07/21    // Temas: Sin categoría

La carga viral de aprendizajes del Covid19

Artículo publicado en Heraldo de Aragón sección de Opinión en Mayo 2021

Hace un tiempo escribí en este mismo diario que la innovación encuentra su palanca de cambio no en las respuestas que nos damos, sino en las preguntas que nos hacemos. Cuando un hecho te cambia de paradigma y te obliga a hacerte nuevas preguntas, la innovación es inmediata, porque preguntas diferentes provocan respuestas diferentes.

El Covid19 es una nueva pregunta que requiere con profundidad de nuevas respuestas, es un cambio de era que no sé si lo estamos viendo.

El Covid19 nos habla de que la vida humana es lo esencial, no importa el país o la frontera que lo circunde. El Covid19 manda un mensaje muy claro: o todos o nadie. Allá donde el Covid19 se extiende, muta, y si muta, todos volvemos a la casilla de inicio. Nada de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras en relación al virus no es ajeno. En la vida del año 1 adC (antes del Covid), discutíamos y discutimos sobre las fronteras y las migraciones. El nacionalismo que nos circundaba y circunda, cae como un castillo de naipes con el Covid19. Su mensaje, “nadie estará a salvo hasta que cualquier persona en el mundo lo esté, cualquiera que sea su país” nos habla de la necesidad de reconocernos como seres humanos idénticos, con un derecho a la vida idéntico. El “todos o nadie” es una respuesta evidente ante nuestra actual pregunta migratoria. Pero también lo es para nuestra pregunta del cambio climático o de la desigualdad. Para ambas, el aprendizaje de “todos o nadie” resuena como una evidencia de la que ya no podemos escapar. He aquí la primera carga viral de aprendizaje del Covid19: o todos, o nadie.

El Covid19 nos habla, por mucho que no nos lo cuenten, de la estupidez económica de las soluciones nacionales. Se calcula que las soluciones que están adoptando de manera particular los diferentes gobiernos del mundo tendrán un coste de 1,2 trillones de dólares al año. Pero es que hasta que los países más pobres no tengan acceso a las vacunas, la economía mundial perderá entre 60 y 340 billones de dólares al año. Lo útil, económicamente hablando, sería abordar soluciones globales que reparen la economía en todo su conjunto, no sólo en una parte. La teoría de los sistemas, y la economía mundial es un sistema, hablan de un efecto sistémico en el todo, imposible de reparar o dañar una parte, sin que el conjunto se vea afectado. Segundo aprendizaje del Covid19: en la economía, si sólo te miras a ti mismo, todo lo que hagas solo para ti, es fatuo e inútil. Para ser efectivo es necesario mirar todo el sistema en su plenitud, y no sólo aquella parte que es tuya, o de los tuyos.

El Covid19 nos enseña que cuando se trata de proteger la existencia de la Humanidad, el afán de lucro y el dinero no puede formar parte de la ecuación. En estos días hablamos de la suspensión de las patentes. Y está muy bien. Pero el Covid19 nos plantea un cambio de paradigma. El software libre es una iniciativa mundial que crea en código abierto para que cualquier persona pueda mejorar lo desarrollado por otro programador. Openvax es una iniciativa mundial que emula al software libre y supera la arrogancia de las farmacéuticas y el vasallaje de la población mundial. OpenVax ha creado un “código” de vacuna, sobre vacunas preexistentes con patentes liberalizadas, para que la investigación pueda ser incremental en cualquier parte del mundo (inteligencia colectiva universal) y para que pueda producirse en cualquier laboratorio del mundo. Tercera carga viral de aprendizaje: lo mejor de las prácticas innovadoras actuales, la inteligencia colectiva y el código abierto, deben superar a una concepción del valor basado en el dinero. El valor es el bien común, mejorado, a través del esfuerzo colectivo, y donde todos ganan y cada uno lo hace en función del valor que aporta.

El Covid tiene una carga viral de aprendizajes que no nos podemos permitir no atender. Este virus mata. Pero este virus también puede darnos una nueva vida. La vida que necesitamos.

Carlos Piñeyroa Sierra

Director de Conversaciones e Innovación abierta de Grupo Init. Consultor en Innovación en Dirección de personas.

Publicado el 11/05/21    // Temas: Sin categoría

No surfees, bucea

Artículo publicado en la sección de Tribuna de Heraldo de Aragón en Abril 2021

Hace poco me llegó un mail cuyo asunto más o menos decía “Talento, propósito, felicidad,… las nuevas palabras malditas”. En su interior, una relación amor odio con palabras que, de por sí, albergan un sentido profundo pero que manoseadas, manipuladas hasta la saciedad,….han devenido en palabras malditas de las que ya nadie quiere hablar. Y es que vivimos en tiempos de vorágine en el que, incluso en el lenguaje, surfeamos las palabras, las consumimos rápidamente, sin darnos cuenta que debajo de cada palabra hay una realidad por explorar, para nosotros mismos, para los demás, una realidad que merece que, más que ser surfeada, sea buceada.

Recientemente he tenido una experiencia vital con el propósito que me ha llevado a recuperar de manera abrupta el significado y valor de esta palabra. Acumen, una organización americana, que en España desarrolla su programa a través de Open Value Foundation, ha elegido a veinticinco personas, líderes sociales, para participar en un programa de formación sobre liderazgo. Como cofundador de la Asociación ¿hablamos? asociación para la mediación penal, penitenciaria y gestión de la convivencia en Aragón he tenido la suerte de ser elegido entre esas veinticinco personas.

Cuando te juntas con veinticinco personas, con una trayectoria profesional envidiable,  sorprende que la formación no empiece por lo colectivo, por el concepto y la acción de la justicia social, o por la acción directa, el hacer, sino que esa formación empiece por lo personal, por lo que te mueve en la vida, por tu vida. Y ahí te das cuenta que si en algún momento del proceso con Acumen tuviste el síndrome del impostor por estar rodeado de gente infinitamente más profesional que tú, cualquiera que fuera su edad, éste desaparece, porque en ese preciso momento eres consciente de que no es lo que hacemos lo que nos une, sino lo que somos, nuestra pulsión vital, nuestro propósito.

Este acierto de Acumen, que sólo hemos sido capaces de percibir cuando las veinticinco personas hemos tenido oportunidad de estar juntas para hablar de nuestra singularidad e individualidad, es algo que me ha fascinado desde el punto de vista organizacional. Vivimos en tiempos convulsos en los que las organizaciones corren el riesgo de perder su propósito, preocupadas como están por salvar los bártulos en esta, ya evidente, crisis económica. Pero creo que esto es un craso error. Reorientar el sentido del propósito a lo que hacemos y no a lo que somos, restará eficacia, restará energía y pasión, y lo más importante, restará capacidad para lograr aquello que se propone: sobrevivir. Ganar dinero, salvar la crisis económica no es un propósito, es la consecuencia de nuestra actividad. El propósito es aquello para lo que existes, personal y organizacionalmente, y cuando lo descubres, cuando lo nombras, cuando tienes oportunidad de compartirlo en tu equipo, en tu organización en tu familia,… encuentras un montón de conexiones personales y organizacionales que te reinventan, a cada instante, y te permiten sobrevivir, sin pervertir aquello que eres.

En Acumen, tras apenas un mes de puesta en marcha de la cohorte española, hemos llegado a tener la sensación de que nos conocíamos de siempre, y en realidad era así, nuestras vidas se habían ido cruzando en otra dimensión, la de la vida querida, la vida con los otros, y sin saberlo, esa misma vida nos ha permitido un encuentro personal. Somos afortunados, no hemos necesitado trabajar en la misma organización para disfrutar de ese encuentro. A ti, que me lees, a ti que en lo más profundo de tu corazón sientes una pulsión como persona y como organización te digo: mira en tu interior, sé coherente, no renuncies a tu pulsión, a tu propósito, porque eso es lo que tú eres, no lo que tú haces. No te dejes llevar por la inercia, no dejes que te digan que esto no es importante, porque lo es. A ti que me lees y que ahora miras a tu interior, por favor, no surfees, bucea.

Carlos Piñeyroa Sierra.

Director de Conversaciones e innovación abierta en Grupo Init. Freelance en Innovación en Personas.

Publicado el 2/04/21    // Temas: Sin categoría

No te distraigas

Artículo publicado en Heraldo de Aragón en la sección Tribuna en Febrero 2021

Hablaba Unamuno de la intrahistoria como todo aquello que sucede en lo cotidiano, mientras se construyen los grandes titulares de la historia. Mi amiga Maricarmen dice que en estos tiempos de titulares de pandemia, se construye ya una nueva realidad, en lo pequeño, basada en un nuevo concepto de las relaciones entre las personas. Y Julián, otro buen amigo, me ha enseñado en los últimos meses la fuerza de la sincronía, de acontecimientos en nuestras vidas, que en palabras de mi amigo Gustavo, no son casualidad, sino causalidad.

¿Por qué te cuento todo esto, dirás?, porque de un tiempo a esta parte, varios acontecimientos particulares llegan a mí para hablarme de la felicidad. Se los muestro de lo macro a lo micro, acompáñenme, quizás también encuentren sus sincronías.

En lo más macro, llega a mí el documental, Now, please think about yesterday, que contrapone dos informes sobre felicidad, de resultados muy diversos. Mientras el Informe sobre la felicidad en el mundo, publicado por la ONU y elaborado por Gallup, sitúa a los países nórdicos, como los más felices del mundo, el Informe del estado global de las emociones, también de Gallup, sitúa a los países latinoamericanos como los principales generadores de emociones positivas en el mundo.

Una vez más la importancia de las preguntas, más que las respuestas: el primero se basa en seis indicadores muy tangibles: PIB per cápita, apoyo social, esperanza de vida saludable, libertad, generosidad y ausencia de corrupción. Mientras que el segundo se dirige directamente “a los intangibles, sentimientos y emociones, que tradicionales indicadores económicos, no pueden contemplar”. El primero tuvo su origen, y se basó, en la emulación del Índice de Felicidad Bruta de Bután, que la ONU tomó como referencia para la creación del informe, y que luego, lo que se ha venido denominando como Capitalismo Emocional, insiste para generar una palanca de atracción política que esté basada en la potencial capacidad de los gobiernos para hacernos felices. El segundo por el contrario surge de la necesidad de contrapesar con lo intangible, el deseo de parametrizar todo lo que nos acontece. Sin duda dos conceptos e intenciones muy diferentes de felicidad.

En otro nivel menos macro, más empresarial, llega a mí el libro Delivering Happiness de Tony Hsieh, fundador y CEO de Zappos, la mayor compañía de venta mundial de zapatos por internet. Tony Hsieh es conocido en los ambientes empresariales de motivación intrínseca por haber logrado crear una cultura empresarial centrada en la persona y en la dignidad humana, nada más y nada menos que gestionando call centers. Teleoperadores que trabajan desde casa, cuando quieren, sin una guía de preguntas, sólo basándose en el convencimiento de que están ofreciendo algo bueno. Trabajadores que, una vez contratados, transcurridas dos semanas, si sienten que ese no es su sitio, se les ofrecen dos mil dólares para que abandonen la compañía, porque lo verdaderamente importante es que todos puedan encontrar su lugar en el mundo. Tony Hsieh falleció a los cuarenta y siete años de edad, el pasado mes de Noviembre, intentando apagar un incendio ocurrido en la casa de una amiga en Connecticut.

Y finalmente, en lo doméstico. En mis últimos paseos por el entorno del Mercado Central de Zaragoza, descubro un cartel en el Colegio de los Escolapios, que me ha impactado y que, casi como una vara de medir que revisa mi presente y futuro, me recuerda lo verdaderamente importante. Sorprende, además, para regocijo, que sea el anuncio principal a la entrada de un colegio, donde todo, absolutamente todo, comienza. El cartel muestra un dibujo infantil con la frase: “Viniste a ser feliz, no te distraigas”… les aseguro que funciona como un mantra, que de sencillo, es verdaderamente revolucionario.

Felicidad, en lo macro, en la empresa, en lo personal…Felicidad al fin y al cabo. Y ahora que me has leído, y que hemos compartido intrahistoria, recuerda: viniste a ser feliz, no te distraigas.

Carlos Piñeyroa Sierra

Director de Conversaciones e Innovación abierta en Grupo Init. Consultor en Innovación en Dirección de Personas

Publicado el 10/02/21    // Temas: Sin categoría

Luchar contra la pobreza a través del diálogo

Artículo publicado en la sección de Opinión de Heraldo de Aragón en Diciembre 2020

El 40% de las personas presas en España están en prisión por delitos contra la propiedad, el 20% por delitos contra la salud pública (menudeo de droga fundamentalmente) y el 40% restante responde a un perfil heterogéneo de tipología delictiva. El 9% son analfabetos funcionales, el 1% son analfabetos totales, y aproximadamente el 30% son inmigrantes sin red social propia. Este perfil, en cifras gordas, es el invariable perfil de las personas presas desde hace ya muchos años, como acreditó en su día el libro “Mil voces presas” de Julián Ríos y Pedro Cabrera para toda España, y el magnifico estudio “La realidad penitenciaria en la comunidad autónoma de Aragón” de Cáritas Zaragoza para nuestro territorio aragonés. Nada nuevo sobre el horizonte: en prisión está el último eslabón de la pobreza, los últimos de entre los últimos (drogodependencia, analfabetismo, falta de empleabilidad, …), y sin quitar un ápice a la responsabilidad individual, la prisión sigue hablando de pobreza y de oportunidades en nuestra sociedad.

La Asociación ¿hablamos? surgió en 2005 para introducir precisamente un vector de diálogo en un mundo, el de la prisión y el de los procesos judiciales penales, que permitiera humanizar ese contexto penal. A través de los procesos de mediación penal (entre victimas e infractores de delitos) y mediación penitenciaria (entre personas presas en prisión) queríamos dar una oportunidad a la palabra, convencidos como estamos de que la palabra humaniza, y que hace crecer e incluso ser un motor de reinserción para salir de la pobreza.

El Covid 19 ha traído muchos efectos, algunos de ellos colaterales. Para las personas que estamos en libertad, la pandemia ha rebajado uno o dos niveles nuestro nivel de comunicación y relación: no podemos abrazar, no podemos tocarnos, e incluso hemos limitado las sillas en nuestra mesa compartida. En prisión la comunicación ya está de por sí y de forma cotidiana pre Covid rebajada unos cuantos niveles: las personas presas se comunican con sus familiares bajo autorización en locutorios o en vis a vis, y por teléfono bajo turno de cabina. La pandemia ha rebajado unos cuantos peldaños más esta comunicación mínima, hasta pauperizarla, ya que para muchos de ellos las comunicaciones han sido restringidas o suprimidas por motivos de seguridad sanitaria. La oportunidad de la relación, del contacto con el exterior, se ve deteriorada y con ella las posibilidades de reinserción. La comunicación de nuevo como un factor de inclusión o de exclusión, como una oportunidad que se da o no se da, y que marca el nivel de pobreza.

Desde la asociación ¿hablamos? nos hemos adherido a la Campaña Minutos de Esperanza de la Pastoral Penitenciaria de Aragón que propone comprar tarjetas telefónicas de 5€ para todas y cada una de las 2000 personas presas en Aragón durante estas Navidades. No nos sobra el dinero, trabajamos de puro altruismo, pero nuestro diálogo, nuestras conversaciones siguen siendo en abundancia, y creemos que es momento de dar, y no tanto de recibir. Sabemos que la palabra humaniza, y nos duele que la comunicación, la relación, se convierta también, por escasez, en un factor más de exclusión. Dialogar es el acto humano por excelencia, dialogar implica voluntad, pasión, intención,…hablar es el medio por el que nuestra realidad se dibuja, se construyen nuestras creencias y expresamos nuestro ser profundo. Hablar, dialogar, humaniza, y reinserta.

Haz que el diálogo, la palabra no cese,…porque la palabra nos humaniza. Ayuda a que los más pobres de nuestra sociedad puedan seguir hablando, y haz del diálogo una oportunidad para luchar contra la pobreza. ¿hablamos?.

NT: Campaña Minutos de Esperanza. ES47 2085 0138 3803 3034 2277

Carlos Piñeyroa Sierra

Presidente de la Asociación ¿hablamos? para la mediación penal, penitenciaria y gestión de la convivencia en Aragón

Publicado el 14/12/20    // Temas: Sin categoría

Celebrar la Vida

Artículo publicado en Heraldo de Aragón en la sección Tribuna en Noviembre 2020

Hace un par de semanas tuve un pequeño revuelo en las redes. Colgué un tweet en el que, tras invertir mucho tiempo y esfuerzo durante dos meses, agosto y septiembre, por fin la empresa en la que trabajo, Grupo Init, presentábamos ante un comité internacional de una multinacional nuestra propuesta para dar respuesta a un reto de producto que nos solicitaron y al que debíamos dar solución en una especie de concurso frente a otras nueve compañías internacionales. En el tweet decía expresamente que tras la presentación nos fuimos todos, física y virtualmente, a celebrarlo. Y he aquí que algunas personas comenzaron a preguntar “¿pero lo habéis ganado ya?” y mi respuesta fue “No, pero no celebramos lo que tenemos, sino lo que somos”.

Una organización, cualquiera que esta sea, empresa, familia, amigos, equipo deportivo…que no celebra está muerta. Celebrar cada paso, celebrar el intento, el esfuerzo, celebrar la pasión, celebrar simplemente que estamos juntos y que caminamos juntos, es para mí un deber. Conforme me hago mayor confirmo que la vida está en las pequeñas cosas, en los pequeños gestos, y seguramente de forma adicional eso me ha enseñado que no es necesario esperar al resultado para celebrar, porque el esfuerzo, el intento, el camino, es tan importante como el resultado.

Si no hubiéramos celebrado en aquel momento, tras la presentación ante el comité, algo hubiéramos perdido, algo hubiera quedado incompleto. Porque hubiésemos puesto nuestra felicidad en manos de unos terceros que valoran nuestro trabajo pero que nunca podrán valorar lo que somos. Porque lo que somos es algo íntimo y personal que encuentra su espacio en nuestro interior, en el de cada uno de nosotros y en el nuestro, el de la primera persona del plural. Y ese “somos” genera una corriente de identidad y de felicidad que nunca puede quedar en manos de terceros.

Además es un hecho que la vida nos enseña que no siempre ganamos en aquello en lo que participamos, por muy grande que haya sido el esfuerzo puesto en el empeño, así pues, no haberlo celebrado hubiera implicado haber dejado en el olvido el proceso y el aprendizaje que ese proceso nos generó, haber dejado en el olvido los días sin horas, la cooperación sinérgica, la puesta a disposición del otro cuando tu parte está terminada, las risas de los pequeños desastres e inconvenientes, y lo más importante, la sensación de que te encuentras en el lugar donde, otros como tú, creen en el mismo propósito.

Hace unos años, junto con mi amiga Anabel, montamos una fiesta por todo lo alto, en el que invitamos a nuestros amigos a una cena muy especial, una cena en la que cada uno de ellos podía invitar a una tercera persona, con la única condición que esa tercera persona fuera su amigo y tuviera algo que celebrar con ella. La fiesta se llamó “Celebra la Vida” porque el único motivo era celebrar que la Vida nos había puesto a mucha gente alrededor y que conformaban nuestros pequeños momentos, que en realidad eran la Vida. “Celebra la Vida” para recordarnos que no es necesario ningún acontecimiento, boda o bautizo, para celebrar todo lo bueno que vivimos y aprendemos a cada segundo con nuestros amigos y familiares.

No dejes de celebrar la Vida, no dejes de celebrar cada pequeño gesto en tu empresa, en tu familia, en tu equipo,… y reconoce a cada instante, que la vida está llena de pequeñas cosas que merecen ser celebradas, que merecen ser reconocidas, que merecen ser subrayadas, porque dejar ese momento en manos de terceros o dejar ese momento a un expectativa de éxito de un proyecto, te puede hacer perder lo más valioso de tu existencia: celebrar la Vida.

Carlos Piñeyroa Sierra

Director de Conversaciones e Innovación abierta de Grupo Init. Free lance en Innovación en Dirección de Personas.

Publicado el 20/11/20    // Temas: Sin categoría

Lo que les debemos a los otros

Artículo publicado en Tribuna de Opinión de Heraldo de Aragón en Septiembre 2020

Hace dos años me pedí una excedencia de dos meses en el trabajo. Llevaba años queriendo realizar una parada en mi ajetreada vida personal y profesional, convencido de que para continuar en muchas ocasiones es necesario parar. Quien está acostumbrado a recorrer caminos, subir montañas, o simplemente caminar, sabe de la importancia de parar para poder continuar. Parar para ver el camino recorrido, para refrescar cuerpo y mente, parar para visualizar lo que está por llegar…Parar para poder continuar.

Paré y decidí hacerlo de una manera singular. Reconozco que pese a mi reconocida verborrea, de la que en parte dejo en estas líneas una pequeña muestra todos los meses, soy un hombre al que le gusta el silencio, la mirada interior, y el diálogo trascendente de quien se sabe acompañado de un Dios Todocariñoso. A lo largo de mi vida he conocido y pasado extraordinarias semanas en silencio en varios monasterios, que siempre me supieron a poco. Y por eso decidí pasar aquella excedencia en Jerusalén, porque estaba convencido que el contexto, la ciudad santa, sería un lugar perfecto para esta experiencia de silencio de mayor duración. Luego la suerte, y buenos amigos, hicieron el resto para que aquella excedencia pudiera realizarla en la comunidad jesuita de la ciudad, en un entorno privilegiado, y con una gente maravillosa.

Muchas son las experiencias y aprendizajes que me llevé de aquella preciosa experiencia, pero una me viene de manera insistente estos días a la cabeza: el Muro de las Lamentaciones.

Cuando uno visita el Muro de las Lamentaciones es como retrotraerse siglos atrás. Si además tienes la oportunidad de adentrarte en la sinagoga contigua, la sensación de estar inmerso en otro tiempo se acrecienta. Y es precisamente esta inmersión la que, cada vez que decidía marchar allá para rezar una tarde o una mañana, una sensación de agradecimiento me llenaba casi de manera instantánea. De agradecimiento porque como cristiano, sentía que gracias a aquellas personas que habían perseverado durante siglos, yo podía estar allí, yo podía vivir como vivo, yo podía vivir mi fe de la manera en la que la vivo y que tanto supone para mí. No comparto nada políticamente ni religiosamente con la comunidad judía, pero me siento agradecido, de que otros, antes que yo, perseveraran en su fe, para que la mía pudiera tener lugar. Hoy caminamos caminos diferentes, pero yo no sería nada sin ese pasado común.

Algo parecido pasa con nuestra Transición. Siento enorme gratitud por una sociedad, hombres y mujeres de calle, y una clase política que supo poner el bien común de mi país por encima de intereses particulares y partidistas. Seguramente lo pudieron hacer mejor, pero somos lo que somos porque una sociedad y sus representantes políticos fueron como fueron. Y hoy somos diferentes, e incluso como en el Muro de las Lamentaciones, nada nos una porque hemos evolucionado. Pero debemos ser generosos y agradecidos. Somos lo que somos porque ellos y ellas fueron como fueron, hicieron lo que hicieron, y hoy, por muy evolucionados, diferentes que nos creamos, deberíamos, más que denostar, agradecer que gracias a ellos y ellas hoy estamos aquí y somos lo que somos.

Reconocer significa volver a conocer. Reconocer que, como presente, somos parte de un pasado, es cuando menos un acto de dignidad humana. Denostar el esfuerzo de quienes en situaciones muchísimo más complicadas que las actuales, fueron capaces de unirse para sacar adelante un país, algo que por cierto no son capaces nuestros representantes actuales, merece cuando menos un gesto de agradecimiento sincero, de humildad, y de generosidad, para entender que la historia de los pueblos, la historia de cada uno de nosotros, no es algo lineal sobre lo que se pueda borrar el antes o el después, sino que es algo que por colectivo, precisa de algo esencial: humildad para reconocer que aquello que somos no empezó con nosotros sino con los otros, y que somos lo que somos, por muy diferentes que nos creamos, porque otros construyeron antes los cimientos de nuestra existencia. Parar para poder continuar, pero parar para reconocer, no para destruir, de lo contrario, volvemos a la casilla de salida.

Carlos Piñeyroa Sierra

Director de Conversaciones e Innovación abierta de Grupo Init. Freelance en Innovación en dirección de personas

Publicado el 14/09/20    // Temas: Sin categoría