Artículo publicado en Tribuna de Heraldo de Aragón en Octubre 2026
Soy, electoralmente una persona ecléctica. A lo largo de mis 56 años de vida he participado en todas las elecciones que mi mayoría de edad me permitió, y reconozco que en cada una de ellas he ido cambiando mi voto en función de lo que he considerado mejor para mi país, mi comunidad autónoma, o mi ciudad. Ese balanceo ha consistido en sopesar mis propias ideas con lo que he considerado necesario para la sociedad en cada momento. E incluso en algunas ocasiones, me he dejado llevar por mi amistad con algunos de los candidatos, especialmente a las elecciones municipales y autonómicas, cuya honestidad, coherencia y vocación de servicio he antepuesto a mi total conformidad con su programa electoral. No, no es que sea un chaquetero, es que me siento libre para elegir en cada momento lo que considero mejor para la sociedad en la que vivo.
En este eclecticismo recuerdo con verdadera ilusión la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno. Eran tiempos duros de corrupción, de presión independentista, y de una política enfangada en el “y tú más”. Su negociación para la moción de censura, pero especialmente su primer gobierno, lo viví como un soplo de aire fresco. Profesionales de reconocido prestigio como Pedro Duque, Maxim Huerta e incluso Fernando Grande-Marlasca, que venía de una brillante carrera judicial, aventuraba una nueva manera de hacer política. Y por aquel entonces Pedro Sánchez se perfilaba como un gran estadista: estratega en la negociación, audaz en la configuración de un gobierno alejado de un partidismo acérrimo.
Pero hoy, ocho años vista desde entonces, el suflé se ha desvanecido, y donde creímos ver un estadista, tan sólo tenemos un prestidigitador. Si en política es importante qué hacer, más importante es, si cabe, cómo lo vas a hacer. Y en este “cómo” nos hemos ido encontrando, y confirmando, que nuestro presidente de gobierno no es una persona de fiar.
No es de fiar porque nos ha engañado. El voto que cada uno depositamos en la urna es una promesa de futuro. Entregamos a nuestros candidatos la confianza para que hagan aquello que nos han dicho que harán. Es algo casi sagrado: tú me dices con honestidad lo que vas a hacer y yo te entrego mi confianza. Pero nos prometió que no negociaría con Bildu, y negoció. Nos prometió que no aplicaría la amnistía, y la aplicó. Nos prometió la lucha contra la corrupción de manera estructural, y nos engañó con dos secretarios generales imputados y uno de ellos condenado por corrupción, y con diversos casos de corrupción sub iudice en la actualidad. Nos prometió que presentaría y aprobaría los presupuestos generales del Estado y van para cuatro años sin ni siquiera haber presentado unos presupuestos.
Y a resultas de esto último, y quizás todavía más grave, nos encontramos con un Pedro Sánchez que está quebrantando las líneas básicas de la democracia. Un Estado de Derecho, un Estado democrático, se basa en la separación de poderes. Fue él quien introdujo por primera vez en nuestro país el concepto de “lawfare”, fue y es él el que en la actualidad habla sin tapujos sobre un poder judicial politizado e instrumentalizado. Y es él el que dijo que podría gobernar sin el acuerdo del Parlamento, y más recientemente que “es hora de que le Parlamento se parezca a la calle”. En primero de Derecho Político se estudian ambos límites como la transición de un Estado de Derecho a un régimen totalitario: el cuestionamiento de los otros dos poderes, y la identificación de la voluntad popular, en exclusiva, con tu opción política, (populismo), independientemente de que la soberanía popular esté representada legítimamente en la diversidad del Parlamento. Ambas son dos líneas democráticas que hemos empezado a cruzar casi sin darnos cuenta.
No estamos en presencia de un estratega sino de un filibustero. Sus trucos son aplaudidos por su gente de partido, y son denostados por la gente de partido de los contrarios. Pero este artículo, sin duda, no es para la gente de partido, sino para los eclécticos. A los eclécticos nos lo pone muy difícil. Nos estrecha las opciones. Porque tan importante como el fondo es la forma. Y la forma de Pedro Sánchez no es la de un hombre de Estado, sino las de un filibustero, un prestidigitador del que nunca sabes lo que es cierto. Dicen que aunque sabe que perderá las elecciones quiere seguir siendo fuerte en el partido. Es una lástima, porque la disociación es tal que es difícil creerle ya, con o sin responsabilidades en el poder. Me encantaría que personas como Carlos Cuerpo, o Margarita Robles, pudieran ejercer un nuevo liderazgo, un liderazgo que aúne fondo y forma. Porque en la actualidad, el eclecticismo, anda huérfano de opciones socialistas, porque tal y como están las cosas, entregar el voto a Pedro Sánchez, significa perder el control sobre lo que ocurrirá con él, porque Pedro Sánchez ya no es de fiar.
Carlos Piñeyroa Sierra
Consultor en Economía con Sentido