Artículo publicado en Heraldo de Aragón sección Tribuna Abierta en Junio 2026
No, no es una opción política. Bueno, o sí. Ustedes juzguen al final de este artículo. Hay que volver al centro. A la centralidad. Al término medio aristotélico. Hay que recuperar la ecuanimidad, la curiosidad por saber, el dejarse empapar por lo nuevo, y abandonar la necesidad, o la imposición, de tener que posicionarse. Hay que volver al centro. Sí.
En fechas recientes ha caído la bomba mediática de lo que ya se conoce como el “caso Zapatero”. Unos y otros han corrido a posicionarse. A la izquierda, de manera fácil, negando la premisa mayor. “No pararán” decía la portavoz del PSOE en relación a la judicatura, que, según este partido, les persigue. “Lawfare”, se apresuraron otros a la izquierda del PSOE, para, de manera inmediata, y sin haberse leído el auto, la instrucción, tocando de oídas, poder expresar el lugar común. A la derecha juicio rápido: culpable, corrupto, estafador, persona non grata,…son sólo algunos de los calificativos que tanto PP y VOX no tardaron en enunciar, igualmente sin esperar a un contraste documental y/o judicial. Y por supuesto, este hecho era un motivo más para que el presidente Sánchez tuviera que dimitir. Lugar común que ya hastía por su simpleza para toda causa y efecto.
A uno y a otro lado, posicionamiento rápido. Como si alguien les fuera a quitar la silla. Lugares comunes que son fáciles de digerir. Comida masticada de antiguo, que, en realidad, produce vómitos a la inteligencia, pero como ya nos hemos acostumbrado, la digerimos e incorporamos con naturalidad, perdiendo la oportunidad de razonar, de dialogar y, sobre todo, de esperar a que quien investiga, pueda dar su razón, de la misma manera que la debe dar aquel a quien se le imputa el delito.
Retrocedamos: ¿se imaginan este mismo hecho, no polarizado, sino centrado?. Seguramente, a la izquierda, se hubiera pedido prudencia a la población para evitar posicionamientos rápidos, los propios y los ajenos. Se hubiera actuado con responsabilidad social y política, y frente a la natural perplejidad y sorpresa, se hubiera pedido cautela a sus filas, portavocías, y representantes, para decirle a la población que habrá que esperar a que la investigación continúe porque estamos en un Estado de Derecho. A la derecha, se hubiera dado la instrucción a sus filas de no hacer leña del árbol caído, porque estamos hablando de un ex presidente del gobierno de España, porque es preciso escuchar a la parte demandada, y que una vez constatados los hechos y calificados los mismos como delito por un juez, se podrán exigir responsabilidades, pero no antes. Prudencia, pues, para que el rédito político, si ha de llegar, llegue cuando haya certeza, no indicios.
Nos hemos olvidado que política es dialéctica, y dialéctica es dialogar. Que dialogar, además de hablar, precisa de algo tan consustancial al propio diálogo como es la escucha. No sé en qué momento nuestra clase política se olvidó de algo tan básico, y lo mutó a que dialogar es sólo hablar en sus formas más extremas y pobres: gritar más, decir el lugar común más evidente, o posicionarse en un lado del cuadrilátero para ganar el mayor número de adeptos narcotizados con un discurso fácil y digerido previamente, para evitar que las personas piensen, decidan y dialoguen. No sé en qué momento la ciudadanía abandonamos nuestro derecho a exigirles a la clase política algo más que eslóganes baratos, razonamientos nimios, o competiciones escolares de “y tú más”.
Dialogamos para entender al otro. Sino no tiene sentido. Sino es un monólogo, algo propio de dictaduras, no de democracias. No he encontrado, ni una sola vez en mi vida, en el que el argumento del otro no me haya afectado, no me haya alterado el discurso, no me haya tocado, para, aunque sea milimétricamente, moverme de mi posición inicial. Ni una.
Veo con asombro que en nuestros colegios se imparte la asignatura de “debate”, y no puedo sino echarme las manos a la cabeza, pensando en nuestros jóvenes y adolescentes reproduciendo estos patrones de nuestra política, en aras de “ganar” el debate. Más nos valdría volver al diálogo, al centro, a la curiosidad por entender qué le lleva al otro a hacer lo que hace, comprenderlo, no necesariamente legitimarlo, pero entender para poder dimensionar la respuesta. Hablar y escuchar, no para ganar, sino para aprender, para comprender, para informarse.
Volver al centro. ¿opción política?, no lo sé. ¿Necesidad vital?. Totalmente.
Carlos Piñeyroa Sierra
Consultor en Economía con Sentido.